miércoles, 14 de julio de 2010

Una reflexión sobre las Musas


Nos han dejado obras artísticas monumentales: poesía que nos cala los huesos, música que nos estremece, conmovedoras novelas o pinturas que hablan por sí solas. A la par del legado artístico que influye generaciones siempre hay vidas marcadas por la tragedia, la desesperanza y la soledad. Sino sólo pensemos en la atormentada Frida Kahlo quien pasó tumbada en una cama toda una vida o en un Vincent van Gogh, quien presa de sus propios delirios se cercenó una oreja o a una Virginia Woolf, precursora de la novela feminista quien se suicidó ahogándose. Todas vidas atormentadas. Todas mentes brillantes.


Sin tener que salir de nuestras propias fronteras basta con pensar en un Rubén Darío quien vivió sumido en el alcohol y murió en una profunda soledad o en un Carlos Martínez Rivas, una de nuestros mejores poetas contemporáneos, quien tuvo como única compañía en sus últimos años a un séquito de gatos en un claustro auto impuesto por su espíritu ermitaño.

Al pensar en todos estos casos inmediatamente se asocia la vida del artista con el desorden, el desasosiego, la bohemia, el alcohol y la soledad. Para que las musas, esas divinidades femeninas que presiden las artes y las ciencias, e inspiraban a los filósofos y a los poetas, descendieran sobre sus hombros era necesario que sufrieran y en vida nunca disfrutaran de su éxito.

Sergio Ramírez Mercado, nuestro máximo exponente literario en el género novelesco, ganador del premio Alfaguara, es una prueba viviente que esa imagen estereotipada del artista que sufre en vida para dejar un legado no se cumple en su caso. Compartió con los estudiantes de la Maestría de Comunicación sus secretos para ejercer el arte de escribir y lejos de ser ese atormentado bohemio es un hombre cuya disciplina diaria ha sido la clave de su éxito literario.

Habló de la magia que tiene un adjetivo de iluminar un párrafo entero o llevarlo a la ruina y del poder de una coma para trastocar un escrito completo. De la nota roja y su conexión con la literatura de todos los tiempos, de la relación profunda entre periodismo y literatura, del arte de aprender a mentir con estilo, de la importancia de los detalles y la necesidad de escribir con "la cabeza fría".

De todas sus reflexiones sobre el oficio de escribir lo que más me impactó fue el desmontar la idea del escritor que sufre por un escritor que planifica, con la minuciosidad con la que un cirujano se lava las manos antes de ir al quirófano, un día consagrado a escribir.

Sobre él descienden las Musas no en medio de noches de alcohol y desenfreno sino que en la soledad de su estudio donde religiosamente se refugia todas las mañanas a escribir cada página de las novelas que tanto nos han fascinado. El se convierte en su crítico más acérrimo y sin miramientos es capaz de tirar al cesto de la basura lo que a su juicio fue mal escrito. Es un oficio solitario sin duda pero dista mucha de las vidas aciagas de sus precursores. A fuerza de aplomo y disciplina a él las musas le sonríen.

No hay comentarios:

Publicar un comentario